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Lo más importante es la vida.



Las lecciones detrás de historias inolvidables no pierden vigencia en tiempos que reclaman nuestra grandeza. Este momento es uno de esos.


Hace poco me preguntaron qué significa el confinamiento para mi y entre muchas dimensiones personales y laborales, representa una oportunidad inigualable para convertir la crisis en transformación.


Quiero contarte una historia, un suceso que se recuerda cada año en nuestro querido Querétaro, ya sea con manifestaciones artísticas, entre, homenajes, partidos de recuerdo, reportajes especiales, exhibiciones, playeras en el Gómez Morín, exposición de la línea del tiempo, entre otros.


Viviendo modelos de trabajo distintos y nuevas formas de movernos, esta emergencia sanitaria, me ha permitido tener contacto con personajes de Querétaro con grandes leyendas como Jorge Luis Alvarado Barrera, “El Cacho” Alvarado.




Lo que les cuento a continuación nos enseña que la épica no siempre nos prepara para las batallas más memorables.


“El Cacho” Alvarado es originario del Barrio de la Cruz, del “mero” corazón de la ciudad de Querétaro. Futbolista, apasionado de la pelota y casado felizmente con su camiseta que, como te enterarás después, lo llevó también al matrimonio con su esposa.

Fue integrante de los Gallos Blancos, de la Universidad Autónoma de Querétaro en aquellos entonces.


“Somos familia futbolera. Mi hermano jugó en Campesinos y en Estudiantes. Para mí, Gallos Blancos de Querétaro es uno de los mejores equipos de Querétaro. De mis más grandes orgullos es haber portado la camiseta de los Gallos Blancos de la UAQ, el equipo de mis amores”.

A sus 16 años debutó como jugador profesional y le tocó vivir el partido de ascenso ante Correcaminos de la Universidad Autónoma de Tamaulipas quedando empatados a cero goles, con lo cual, se respiraban posibilidades de llegar a la Primera División.


Los planes son sólo bosquejos del destino que vislumbramos al final del camino, no siempre llevan a donde pensamos. Y así fue aquel 10 de mayo de 1987, día en que ocurre el accidente que cambiaría la historia del fútbol queretano, al regreso de dicho partido.

“El destino nos tenía deparado otra cosa”.


Fue uno de esos momentos en los que la mente no ha asimilado lo que el cuerpo ya está respondiendo frente a una situación de amenaza. Recuerda que entre Huizache y Matehuala el camión derrapó, perdió el control y de pronto se encontraba intentado ayudar a sus compañeros. Atrás se venía el camión de la porra. Corte A, se encuentra en el hospital.


Afortunadamente equivocado fue el pésame que le daban a su familia por las noticias falsas que corren a velocidad. Su herida más grande fue la muerte de sus compañeros: Agustín Jiménez, Gerardo “Pillo” Orona y René Montalvo.


Después de los hechos irremediables generalmente vienen las luchas inigualables:

“La vida tenía que continuar porque venía el segundo partido en el estadio Corregidora… El estadio se llenó, la gente de blanco, mariachis, era una fiesta aquel día”.


Su emoción hoy evoca agradecimiento por esos momentos mágicos en los que la tragedia deja asomar al amor y un eslabón lleva a otro, que fue el reencuentro con una amiga que hoy es su esposa.



“El deporte es una cosa, mi trabajo es otra y lo más importante lo viví adentro de un autobús. Tengo unos dedos marcados que me trasladan a la historia. A 33 años se me quiebra la voz. El trabajo pasa a segundo término. Lo más importante es la vida”.


Me quedo con esta frase final, eso es lo más importante, la vida. Esta voz queretana pone en la mesa emotivos recuerdos con lecciones que aplican hoy, en medio de una emergencia sanitaria.

El impacto de una experiencia así supongo que es irreparable pero también constructivo de almas imparables.


Y así en este contexto y bajo este marco viral cuya existencia es irremediable, pero, cuyo daño es evitable:


Humanidad vs. Covid-19, a jugar, como nunca, desde cada posición.


Mientras sea unidos y fuertes, puede ser poco a poco, pero siempre para adelante.

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© 2019 Tania Palacios Kuri